Friday, January 21, 2005

¿quien dice miedo?

Era Nicolson, el menos esperado quien más inquieto estaba,
byron siguió hablando como ignorando lo que había sucedido,
yo ya no llegaba a escucharlo, aunque Ana e Isabel, parecían como hipnotizadas por el canto de su voz ,y Horacio, sentado en la moqueta chupaba mate, como en trance, con las piernas cruzadas.
Los gritos que provenían del pasillo eran desgarrados y bien podía ser la voz de la portera Antonia, pues se asemejaban a los de un cochino pesado en romana, y si, habían ocurrido ya muchas cosas en esas escaleras caracoleadas con aire cinematográfico, si bien este grito era anuncio de malas nuevas.
Nicolson había corrido hacia la ventana y miraba a través de esta si alguien salía o entraba, me dio la impresión de que tenía un miedo, de que alguien le buscaba, de que ocultaba algo oscuro. Nicolson era muy discreto en sus temas personales y a diario como espectro desaparecía sin mediar palabra, en silencio y repeliendo toda pregunta con un silencio que te golpeaba.
Horacio se levantó y fue a calentar más agua, su vicio decía que era su virtud y que las hierbas eran su pan, empezó a hablarnos de la Maga, de su época en Paris. Ya en su locura final, después de rular de París a Buenos Aires y de aqui, en busqueda de una pírica herencia, hasta Madrid, Horacio había perdido todo sentido de la realidad y vagaba como desangelado, sin saber ni sus mas cercanos, si estaba loco y tarado, o si había decidido asumir ese papel. Cuando hablaba asi, en la noche, a un grupo, con alguna mujer presente, recuperaba su lucidez, apagada y/o oculta, y enganchaba en su gracil carro de palabras a todos los presentes. Byron lo odiaba y lo amaba, odiaba perder su magnetismo Vs lo que él llamaba en sus momento de rabia, un tarado bonarense, y lo amaba por que lo encontraba entonces bello, a pesar de su cara ya un poco arrugada, decía que sus ojos eran liricos y oscuros.
Cuando alguien golpeó estruendosamente la puerta después de un largo silencio, todos quedamos enmudecidos y paralizados . Nicolson en silencio no hizo indicaciones mímicas que nos decían "huir de la puerta", asi lo hicimos, excepto Horacio que quedó en la moqueta, callado, ausente. Nicolson sacó de su bota una pequeña pistola, la puerta se abrió de un fuerte portazo y se escucharon dos tiros.

Después hubo silencio, carreras en la escalera y dos hilos de sangre que se hicieron charcos. Fue Ana desde la ventan quien vio salir aNicolson corriendo, con el arma todavía en la mano, fue Isabel quien callo al suelo y fue a Byron a quien le cayo una lágrima. Un desconocido yacía en la puerta, quieto, inmovil, con su gran ciactriz en el rostro que asi tumbado con la cabez a en el piso simulaba una sonrisa ciclopea. En la perpendicular de este cuerpo estaba el de Horacio, seguía con los pies cruzados, con el mate en las manos entre las piernas cruzadas, de su corazón parecía nacer un río, como el surgir de unas aguas subterraneas en un acantilado, unas aguas rojas que en su nacimiento significaban el adios de Horacio Olivera.

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