Friday, February 18, 2005

Llegada

Fue pura coincidencia que nosotros tres, Byron, yo y Nicolson, habitáramos en la misma pequeña ratonera. Fue la desesperación la causa principal de ese encuentro, la ciudad de Madrid y sus alquileres hacían de los acomodos humanos, una misión difícil de lograr. "La llegada masiva de los inmigrantes" era la causa, me dijo un gentil taxista. Fuera la que fuera, allí acabamos, en ese pequeño piso en la calle de Ave María, afluente de la Plaza de Lavapies.

El barrio nos sorprendió a los tres, era como la puerta trasera del centro. Comenzaba tras Sol, y era una tierra, un barrio, del que la gente autóctona y los turistas huían, era un barrio que había ido cambiando de inquilinos progresivamente. Un barrio de origen castizo abandonado por estos, en huida de especies distintas, de costumbres extrañas. Sin saber acaso que allí, al menos durante el día, no había peligro, que allí el colorido lo ponían los colores de las pieles de las personas que paseaban, que allí no existía el ruido del tráfico que asolaba la ciudad, que allí el sol pegaba en las plazas en invierno y que sus estrechas calles eran protectoras en verano. Que el barrio estaba lleno de vida y que no había razón par huir de él.
Nicolson fruncía el ceño cuando en cualquiera de las múltiples terrazas de Lavapies, a las que nos lanzábamos cuando el sol acababa de despedirse, Byron y yo, argumentábamos sobre las bondades del barrio. Quedaba callado, pero nunca emitía dictámenes negativos, cosa harto extraña en un ser tan contestatario como él, sus silencios delataban que a pesar de su visible y estética actitud reaccionaria, su opinión no distaba tanto de la nuestra.


El cómo nos conocimos también fue del todo curioso. Fue en la visita a una casa en alquiler, citados los tres a la misma hora, allí nos presentamos. Un hombre calvo de unos cincuenta años, en bermudas y con camiseta de tirantas nos esperaba en la puerta. Fernández de los Ríos era la calle, en el barrio de Moncloa. Ellos llegaron juntos, el alto y fuerte, con grandes entradas, con el cuerpo estirado hacia atrás, como un arco. Byron , era su contrario, con viejos vaqueros y la típica camiseta de Kafka, con la cabeza un poco gacha, mirando un poco al suelo, como subsumido en un mundo interior cerrado a todos.
Vimos el piso, ese hombre era un pirata más de los que se manejan en el sector inmobiliario de Madrid, el piso era ruin como él, viejo y escuálido, y su precio era una carcajada en nuestras caras. Así se lo hizo saber Nicolson, "oiga usted que pretende además de engañar a la gente y hacerse rico con este cuchitril". El calvo quedó tan sorprendido de este franco comentario que agachó la cabeza y dijo "bueno sino les interesa tengo más citas por delante". Al salir del piso hicimos un coro de despotricaciones comunes sobre la poca vergüenza del casero. Nicolson me invitó a tomar una cerveza con ellos.
Fuimos al Águila, el bar más cercano, el calor era intenso, asi que casi corrimos hasta él. El bar era chico, casi enano, de aquellos que tienen las baldosas con un color amarillento no natural , allí en una pequeña mesa debajo del relajado ventilador de techo, nos sentamos y bebimos unas “muy bien servidas cañas” según Nicolson. Quedé incluido en su grupo de búsqueda, de una forma extraña, sin pedirlo, sin comentario sutil alguno, creo que vieron pronto mi desesperación anímica y en un gesto atípico en ellos, como más tarde vería, resolvieron con una mirada que podía acompañarlos en su búsqueda.

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