En un amor repentino desperté,
No era la primera vez que acudía a mí,
Ya casi lo conocía,
Era la codicia del amor.
La lejanía de tu sonrisa,
Es decir, tu sonrisa sempiterna y blanca,
Se me aparece a veces
Y me inyecta un poco más de vida.
Sabes como me gusta provocarla,
Hacerla estallar, que surja,
Cuando estoy contigo, vivo para ello.
Tu alegría se hace mía, se transmite,
Me llega desde muy lejos, como hace el salmón en el río,
me llena.
Algo parecido me pasan con tus cabellos tan negros,
Que se rizan y mi olfato se introduce en sus bucles,
En busca de ese olor limpio y humano.
Y tus ojos, no son grandes, pero si son negros,
Y ya sabes que relatan y que los leo.
Tu cintura me conoce, aunque tú no lo sepas,
La miro cuando tú no lo haces, cuando andas y me das la espalda,
Y ella como tímida, se contonea y juguetea conmigo.
Creo que eso sí, que alguna vez te hablé, de tus tobillos de romano,
Como el estrecho de una peninsula.
Cuando tumbada boca abajo en la cama, flexionas las rodillas,
Los veo entonces bailar, finos y ágiles y me resultan bellos sin saber porque.
También tengo otro cómplice, es tu cuello,
No se porque, pero siempre, a cambio de su silencio,
Me pide mordiscos, y yo se los doy, no quiero que tu cuello te cuente,
Y aún no se porque, cuanto me gustas.
Wednesday, June 14, 2006
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