^pero da igual , el que escribe es por que debe y yo debería, tengo potencial para redactar una novela, necesitaría la vida del escritor y del pintor , yo haría un collage gigante con tu presencia en medio, oculta entre colores, dispersa en un medioambiente radiante de cacofonías silenciosas, y jugaría con las palabras los colores y los recortes.
Estaría sin ti y contigo, porque la no presencia haría más fuerte la visión de tu yo enamorado y no podría sino dejar de pensar en ti y pintarte en rojo y en verde, sin que lo supieras, sin que nadie soñara jamás en tenerte como yo te tengo, encerrada en un collage para mis antojos, y el periódico estaría por encima de todo, y el color en todas partes, regaría tus cabellos de pintura acrílica, tus ojos de arena oscura y celeste, tus muñecas serían engranajes perfectos, como perchas sincréticas que bailarían a mi son, al son cubano del amor, se deslizaría mi amor por entresijos de malla verde, que unirían tu pecho redondo con mi mortecina boca y el sabor de la cerveza. Tendría que regarte al fin de líquido amargo y delicioso, para saber que eres parte de mi, para sabe que mi herrumbre no se vé pero se siente, para oler el perfume amargo de la cebada. Un collage, un collage mi amor. Allí estarías tu, colgada, colgada en el salón o apoyada en la pared, grande y multiforme con relieves si posible, con ingenio, con un poquito de alevosía, no pararía de darte amor y de mirar tu deformidad y tus curbas y de amarte más, de querer reposar en tu pecho ficticio, de agarrarme ante el mareo a tus extremidades de palo, de cacarear a gatas mirandote a los ojos. Nada será lo mismo, si te tengo en un collage
Wednesday, January 30, 2008
Ca se fait comme?
Siempre que escribo después de tanto tiempo, lo primero es un lamento, por la falta de letras.
Pero es un lamento de calentamiento, para empezar la rutina y para que las palabras vengan a mí. No siempre lo hacen, escribir se vuelve una tarea endiabladamente difícil, requiere cada vez un mayor esfuerzo. Las temáticas a tratar son siempre un problema. Aunque hoy la temática es fácil, hablamos del regreso, de la reentrada en la morada. Más de un año después vuelvo a entrar por la puerta de la mansión, de la vieja casona en la que viví, y su olor es el mismo, y los muebles que la cubren son casi los mismos y eso me llena de orgullo, ver que nada cambió, que todo quedó tan bien que nadie quiso cambiar nada. Los dos sofás que conseguimos agenciarnos siguen rigiendo el salón, el purpura que olía a gato y el blanco que resbalaba como el jabón con el que lo limpiamos, frotando con rabia y con ganas. Aquellos que no gustaron son los reyes del salón.
Y mi cuarto es un habitáculo con vida y muebles, pero al abrir la puerta lo volví a imaginar en su estado cero, cama, carrito, estantería y perchero. La mínima expresión, el espacio en todas partes, las paredes ocres y oscuras, la vieja lámpara aristocrática. El nuevo sofá, la alfombra y los muebles, me parecen el atrezo de una escena teatral que se esta rodando ahora pero que dista de la realidad de ese cuarto, de sus tres grandes, altas y enrejadas ventanas, de las sombras que proyectaban los barrotes, de la vista del deshabitado edificio de enfrente.
Esas luces proyectadas daban la sensación de carcel, de bohemia y underground, las paredes oscuras, los espejos, aquel rayado, grande, casi cuadrado y viejo, la desnudez del parqué usado, el silencio de la calle olvidada, los sonidos ajenos y misteriosos.
Y las calles llenas, de niebla, y las luces enfocandolas y ella gobernante de la noche, serena en su omnipresencia, latente en su contingente efímero y tramutable.
Pero es un lamento de calentamiento, para empezar la rutina y para que las palabras vengan a mí. No siempre lo hacen, escribir se vuelve una tarea endiabladamente difícil, requiere cada vez un mayor esfuerzo. Las temáticas a tratar son siempre un problema. Aunque hoy la temática es fácil, hablamos del regreso, de la reentrada en la morada. Más de un año después vuelvo a entrar por la puerta de la mansión, de la vieja casona en la que viví, y su olor es el mismo, y los muebles que la cubren son casi los mismos y eso me llena de orgullo, ver que nada cambió, que todo quedó tan bien que nadie quiso cambiar nada. Los dos sofás que conseguimos agenciarnos siguen rigiendo el salón, el purpura que olía a gato y el blanco que resbalaba como el jabón con el que lo limpiamos, frotando con rabia y con ganas. Aquellos que no gustaron son los reyes del salón.
Y mi cuarto es un habitáculo con vida y muebles, pero al abrir la puerta lo volví a imaginar en su estado cero, cama, carrito, estantería y perchero. La mínima expresión, el espacio en todas partes, las paredes ocres y oscuras, la vieja lámpara aristocrática. El nuevo sofá, la alfombra y los muebles, me parecen el atrezo de una escena teatral que se esta rodando ahora pero que dista de la realidad de ese cuarto, de sus tres grandes, altas y enrejadas ventanas, de las sombras que proyectaban los barrotes, de la vista del deshabitado edificio de enfrente.
Esas luces proyectadas daban la sensación de carcel, de bohemia y underground, las paredes oscuras, los espejos, aquel rayado, grande, casi cuadrado y viejo, la desnudez del parqué usado, el silencio de la calle olvidada, los sonidos ajenos y misteriosos.
Y las calles llenas, de niebla, y las luces enfocandolas y ella gobernante de la noche, serena en su omnipresencia, latente en su contingente efímero y tramutable.
Subscribe to:
Posts (Atom)